HISTORIA DEL BASERRI
A mediados del siglo XX, el caserío Ibarzabal de Urrestilla era la casa de la familia Arteaga, una granja familiar que duró generaciones. Cuenta la leyenda que el caserío fue construido a finales del siglo XIX por los abuelos de la familia utilizando la piedra y la madera de roble de la zona. En aquella época, el caserío daba a sus vecinos una vida propia: la ganadería, la huerta y las manualidades eran los cimientos de la forma de vida.
Sin embargo, hacia la década de 1960, en busca de la industrialización y las oportunidades laborales, todos los hermanos Arteaga se trasladaron desde el caserío; unos a Bilbao, otros a San Sebastián o a localidades cercanas. Por último, Antonio Arteaga se quedó solo en Ibarzabal con su mujer, Pilar Unanue, hija del caserío Bizker, también de Urrestilla.
Antonio trabajaba en una fábrica de metalurgia de Azpeitia, pero nada más nacer su primer hijo, hacia 1966, cerraron la fábrica. La situación era difícil y sombría; entonces Pilar decidió valientemente empezar a sacar más partido al caserío. Trabajando juntos, empezaron a vender todos los productos de la huerta y de la cuadra: leche, huevos, verduras, queso y miel.
Con el tiempo, Pilar abordó la plantación de flores y el caserío Ibarzabal se especializó también en la venta de flores, algo muy inusual en aquella época. Llevaban sus productos semanalmente a las ferias de Azpeitia y Tolosa, y poco a poco, su puesto se fue convirtiendo en un conocido de la localidad y de la comarca.
En las ferias, Antonio y Pilar siempre aparecían vestidos con trajes tradicionales vascos, lo que unido a la calidad de sus productos llamaba la atención de mucha gente. Durante años ganaron el premio al «mejor puesto de la feria» por el colorido y cuidado de las flores y los productos. El caserío Ibarzabal se convirtió en un símbolo de trabajo y tradición.
Hoy en día siguen con esta trayectoria sus hijos y los productos no solo se venden en ferias, sino que también se pueden encontrar en numerosas tiendas y supermercados. Así, de generación en generación, el caserío Ibarzabal sigue vivo, manteniendo sus raíces y mirando al futuro.